EL FINAL DE UNA ÉPOCA: RODRÍGUEZ SAÁ LIQUIDA LOS ÚLTIMOS ACTIVOS DE EL DIARIO DE LA REPÚBLICA
La venta del papel y el eventual desprendimiento del edificio donde funcionó la redacción sellan algo más que el cierre de una etapa: expresan una retirada sin retorno. Al desmantelar su estructura material y simbólica, el proyecto abandona no sólo el pre
por Daniel Poder
Alberto Rodríguez Saá decidió desprenderse de las últimas bobinas de papel que aún permanecían sin uso en el edificio en donde se imprimía El Diario de la República, el histórico matutino que durante décadas amplificó su relato político.
Las bobinas partieron en los últimos días rumbo a San Juan, cargadas en más de un camión cuyo destino final sería el Diario de Cuyo, según pudo reconstruir DePolítica a partir de fuentes del sector.
La decisión no es menor ni aislada. A ese desprendimiento se suma ahora una idea que empieza a tomar forma con mayor nitidez: la venta del edificio ubicado en la intersección de avenida Lafinur y Pedernera, donde el diario se imprimió durante sus últimas dos décadas. Fuentes consultadas por esta página aseguran que el inmueble ya estaría ofrecido en el mercado, pero no pueden precisar el precio.
La escena es elocuente. Y revela, en el contexto de un fin de época, las capacidades propias y ajenas.
El contraste con otros medios regionales resulta inevitable. Tanto el Diario de Cuyo como Los Andes atravesaron procesos de venta y reconversión, pero bajo una lógica empresarial que priorizó la preservación de la marca, la continuidad del producto papel y su adaptación a un ecosistema mediático en crisis. En esos casos, hubo planificación, capital y una estrategia de largo plazo.
Nada de eso ocurrió en San Luis. El Diario de la República no fue reconvertido: fue vaciado. Sin una conducción profesional que pensara su sostenibilidad, sin inversión real y sin un proyecto editorial que trascendiera la coyuntura política, el diario quedó reducido hoy a una página web sin peso específico, sin influencia y sin el rol central que alguna vez tuvo.
Pero la venta de las bobinas y la eventual enajenación del edificio exponen una cuestión más profunda: el abandono explícito de Rodríguez Saá a la idea de imponer un relato mediático propio. Más allá de la web —insuficiente para cumplir ese rol— el ex gobernador parece haber renunciado a disputar sentido en el espacio público a través de un medio estructurado, profesional y con llegada masiva.
Ese repliegue no es neutro. Entre dirigentes, militantes y cuadros políticos que lo acompañaron durante años, la sensación que predomina es la de desprotección. Esos dirigentes entendían a El Diario de la República no sólo como un medio: fue un escudo, una trinchera y una herramienta de legitimación interna. Su desaparición física, y ahora la liquidación de sus activos, deja a muchos sin referencia, sin respaldo y sin voz.
La venta del papel y la posible venta del edificio no son, entonces, simples operaciones inmobiliarias o comerciales. Son el síntoma de una retirada más amplia que no sólo dice adiós, sino que desarma cualquier hipótesis de regreso. Sin medio, sin estructura y sin soporte material, el repliegue deja de ser táctico para convertirse en definitivo.
EL FINAL DE UNA ÉPOCA: RODRÍGUEZ SAÁ LIQUIDA LOS ÚLTIMOS ACTIVOS DE EL DIARIO DE LA REPÚBLICA

